Los 50 mejores finales de libros. (Segunda Parte)

TyC-Lal

Aquí comenzamos la segunda parte de este recuento de los 50 mejores finales de libros (a consideración del resto del libro claro). ¡Así pues empecemos!
**Los siguientes párrafos CONTIENEN Spoilers**


La tregua – Mario Benedetti
Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él?
 
 
 
 



La familia de Pascual Duarte – Camilo José Cela
¿Qué más podría yo añadir a lo dicho por estos señores?
 
 
 
 



Rayuela – Cortázar
Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la bondad de esos dos ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un pie metido en la seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó.



El Gran Gatsby – Scott Fitzgerald
De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión, sin pausa hacia el pasado.
 
 



El corazón de las tinieblas – Joseph Conrad.
El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sombríamente bajo el cielo cubierto… Parecía conducir directamente al corazón de las inmensas tinieblas.



Las vírgenes suicidas – Jeffrey Eugenides
A fin de cuentas, daba igual la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído mientras las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, aquí arriba, en la casa del árbol, con nuestro escaso cabello y nuestra barriga, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.



Los últimos días de Pompeya – Edward Bulwer Lytton
Dione es ya mi esposa. ¿Y me preguntas si soy feliz? ¿Que podría ofrecerme Roma que igualará lo que poseo en Atenas? “Así discurre mi vida, Salustio, y te ruego vengas a verme, pues no puedo olvidar todo cuanto hiciste por mi. ¡Buena suerte!-



La Barraca – Blasco Ibáñez
Y allí aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de frente por el braseo que teñía sus rostros con reflejos de sangre, siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.



El lobo estepario – Hermann Hesse.
Alguna vez llegaría a saber jugar mejor el juego de las figuras. Alguna vez aprendería a reír. Pablo me estaba esperando. Mozart me estaba esperando.
 
 



El túnel – Ernesto Sábato
Y los muros de este infierno serán, así, cada día más herméticos.
 
 
 
 



Ulises- James Joyce
Yo era una Flor de la montaña, sí, cuando me ponía la rosa en el cabello como hacían las muchachas andaluzas, o me pondré una roja, sí, y cómo me besaba junto a la muralla y yo pensaba: bien, lo mismo da él que otro, y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez, sí, y entonces me preguntó si quería decir sí, mi flor de la montaña, y al principio le estreché entre mis brazos, sí, y le apreté contra mí para que respirara todo el perfume de mis pechos, sí, y su corazón parecía desbocado y, sí, dije sí, Sí quiero.



Fiesta – Ernest Hemingway
“Si” dije, “¿no es bonito pensarlo?”
 
 
 
 



Pedro Páramo – Juan Rulfo
Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.
 
 
 



Ubik – Philip K. Dick
Quisiera saber qué significa esto. Es lo más extraño que he visto nunca. Casi todo en la vida tiene su explicación, pero… ¿a santo de qué sale Joe Chip en una moneda de
cincuenta centavos?. Era la primera muestra de dinero Joe Chip que veía. Intuyó con un escalofrío que encontraría más en sus bolsillos y en su billetero. Aquello era sólo el comienzo.



Solaris – Stanisław Lem
¿En nombre de qué? ¿Esperando que ella volviera? Yo no tenía ninguna esperanza, y sin embargo vivía de esperanzas; desde que ella había desaparecido, no me quedaba otra cosa. No sabía qué descubrimientos, qué burlas, qué torturas me aguardaban aún. No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado



Corazón tan blanco – Javier Marías
Me preparé para abrir la puerta.
 
 
 
 



Mañana en la batalla piensa en mí – Javier Marías
Adiós risas y adiós agravios. No os veré más ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos.
 
 
 



Las Horas – Michael Cunningham
Y aquí está ella, Clarissa, que ya no es la señora Dalloway; ya no hay nadie que la llame así. Hela aquí, con otra hora ante ella. –Venga, señora Brown –dice–. Todo está listo.
 
 



El teatro de Sabbath – Philip Roth.
Y él no podía hacerlo; no podía morir. ¿Cómo podría irse? ¿Cómo podía haberse ido? Todo lo que él odiaba estaba aquí.
 
 
 
 



Al faro – Virginia Woolf
Sí, pensó dejando el pincel, extraordinariamente fatigada, ésta ha sido mi visión.
 
 
 
 



El árbol del hombre – Patrick White.
Para que así, en el final, no hubiera final.
 
 
 
 



Nocturno en Chile – Roberto Bolaño
Y después se desata la tormenta de mierda.
 
 
 
 



El hombre invisible – Ralph Ellison
¿Quién sabe que, en menores frecuencias, yo hablo por ti?
 
 
 
 



El astillero – Juan Carlos Onetti
Pero lo más difícil de sufrir debe haber sido el inconfundible aire caprichoso de setiembre, el primer adelgazado olor de la primavera que se deslizaba incontenible por las fisuras del invierno decrépito. Lo respiraba lamiéndose la sangre del labio partido a medida que la lancha empinada remontaba el río. Murió de pulmonía en El Rosario, antes de que terminara la semana, y en los libros del hospital figura completo su nombre verdadero.



Mientras agonizo – William Faulkner
Y era eso. Parecía unos treinta centímetros más alto a fuerza de estirar todo lo que podía la cabeza, sin por ello perder aquella expresión de orgullo y apocamiento, y entonces la vimos a ella detrás, a su espalda, con otro maletín. Era una mujer con aspecto de pato, vestida de tiros largos, con unos ojos saltones y duros que parecían desafiar a cualquier hombre que tuviera el atrevimiento de decirle algo. Y nos quedamos mirándola. Dewey Dell y Vardaman con la boca medio abierta y con los plátanos a medio comer en la mano, y la mujer se acercaba detrás de padre y nos miraba como si nos estuviera retando. Y entonces veo que el maletín que ella lleva es uno de esos pequeños gramófonos. No había duda, todo cerrado y tan bonito como un cuadro, y cada vez que nos llegara un disco nuevo de venta por catálogo y nos sentáramos todos juntos en casa en el invierno y nos pusiéramos a escucharlo, yo pensaría que qué lástima que Darl no pudiera disfrutarlo con nosotros. Pero es mejor para él así. Este mundo no es su mundo; ni esta vida es su vida.


 

 

 

 

Es así como terminamos esta lista, (recuerden que pueden ver la primer parte de este top50 aqui.

Articulo original de: El Placer de la Lectura

 

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